El frío viento marino da en mi rostro obligándome a subir el cuello del gastado impermeable que a la vez me sirve de abrigo. Pongo la capucha sobre mis cabellos y meto las manos en los bolsillos. En uno de ellos, mis dedos tantean una galleta. Esta tarde de otoño cerré mi local de panadería más temprano que de costumbre y regreso por la playa como todos los días en un paseo que se ha convertido en ritual. El cielo plomizo amenaza con descolgar un aguacero en cualquier momento. Diviso una bandada de gaviotas que con sus quejidos lastimeros revolotean a baja altura, buscando un lugar donde guarecerse de la tormenta entre la vegetación de los médanos...Las olas rompen estruendosamente para morir apresuradas a la orilla. El trueno brama y un rayo agrieta el cielo dejando un surco azul eléctrico. Apuro el paso y salgo de la playa, cruzo la calle desierta y me arrebujo más dentro de mi misma que dentro de mi impermeable. Siempre me gustó caminar bajo la lluvia y dentro de mi mutismo sólo el ruido de las gotas sobre el piso es la orquesta que como suave melodía acompaña mi soledad.
Llego a mi departamento. En el frío pasillo el silencio es sepulcral y los recuerdos se arremolinan en mi mente. Que lejos quedaron la casa grande, el taller de carpintería de mi padre, donde con sus ruidosas máquinas hacia maravillas, mi madre que siempre me recibía con una sonrisa a flor de labios y sus palabras apuradas queriéndome contar todo a la vez, el ladrido de los perros, el gorjeo de los canarios desde el jaulón del patio, la sirena de la fábrica del barrio anunciando el medio día, el motor de la motoneta de tío Enrique cuando venía a visitarnos. Todo cambió, las voces y sonidos que alguna vez me acompañaron de niña... ya no están...
El tiempo pasó, me mudé a esta pequeña ciudad cerca del mar, puse un negocio y un perro era mi única compañía en el departamento... Pero ya tampoco escucho el jadeo de alegría de quien me esperaba todos los días pacientemente, detrás de la puerta cuando regresaba para almorzar… o a la tardecita esperando por una galleta antes del paseo diario. Ya no me espera nadie...También ese sonido hace muy poco tiempo se marchó para siempre...Mis silencios se acrecientan aunque afuera el trueno brame y en los cristales las gotas de lluvia repiqueteen…Sé que los únicos sonidos que escucharé son los de mis silencios que como sombras se agigantan y se cobijan en mi alma produciendo en ella una constante vibración.


 




(Texto seleccionado por el escritor César Melis y publicado en la antología “Manos que cuentan” de Editorial Dunken – abril de 2009)



 

 

 

   

 

 

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